El mundo de la enfermería ha elegido a este entrañable santo como su patrón.
De todos es conocido el prestigio de nuestra enfermería española mayoritariamente desempeñada por mujeres. Y hablando de mujeres me gustaría recuperar la figura de Florence Nightingale, considerada la madre de la enfermería moderna.
Nacida en Florencia en 1820. De origen social elevado, su fe cristiana le hizo rechazar el papel al que estaba destinado como mujer de clase alta y dedicarse al cuidado de soldados heridos.
Florence fue una gran viajera: Francia, Italia, Grecia o Egipto fueron algunos de sus destinos. Los escritos, en su diario de viaje, muestran sus habilidades literarias y su valentía y determinación, cualidades que le llevan a desplazarse al frente con un equipo de treinta y ocho enfermeras voluntarias con ocasión de la cruenta guerra que allí se libraba entre el Imperio ruso y la alianza del Reino Unido, Francia, el Imperio otomano y el Reino de Piamonte . Allí se encontraron con un panorama desolador: los soldados heridos recibían tratamientos inadecuados por parte de un equipo médico superado por la situación.
En pleno conflicto, un artículo en The Times describía su labor de este modo: « es un «ángel guardián» en estos hospitales, y mientras su grácil figura se desliza silenciosamente por los corredores, la cara del desdichado se suaviza con gratitud a la vista de ella. Cuando todos los oficiales médicos se han retirado ya y el silencio y la oscuridad descienden sobre tantos postrados dolientes, puede observársela sola, con una pequeña lámpara en su mano, efectuando sus solitarias rondas».
Al finalizar la guerra, Florence Nightingale –recibida como una auténtica heroína en su país– comenzó a ser conocida como la dama de la lámpara a causa del poema Santa Filomena del poeta inglés Wadsworth Longfellow, publicado en 1857:


Los heridos en la batalla,
en lúgubres hospitales de dolor;
los tristes corredores,
los fríos suelos de piedra.
¡Mirad! En aquella casa de aflicción
Veo una dama con una lámpara.
Pasa a través de las vacilantes tinieblas
y se desliza de sala en sala.
Y lentamente, como en un sueño de felicidad,
el mudo paciente se vuelve a besar
su sombra, cuando se proyecta
en las oscuras paredes.
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