Ayer fuimos a ver “al último de la fila”. Sé que no lo he escrito del todo bien. Pero ahora no me voy a preocupar por eso. Y más cuando tengo la imagen de un pato muerto y borracho que solo desea comer palomitas en soledad, beber y morirse de pena porque está envuelto en una batalla campal que la vida le ha traído cuando apenas sale asomando la adolescencia .
Sobrecogen.
Esos ojos somnolientos tildados de pena.
Ese no saber de dónde vienen los golpes porque vive en eteno estado de perplejidad.
Un padre, su héroe, ausente.
El pato muerto. Y el hombre que no sale en la foto. Y que rompió la suya.
El último de la casa…
Y mientras tanto el último de la fila se baja los pantalones para enseñar un calzoncillo rojo ebrio de éxito.
No hubiera hecho falta. Solo quería oírles cantar.
Menos mal que el último de la fila del pueblo tenía un “prao” al lado de una casa desconchada y desvaída. El hombrín abrió la cancilla para que todos los coches que iban al concierto pudieran aparcar en su terreno con la hierba reseca recién cortada sin recoger.
Seguro que nos cobra algo. Pensamos. Este quiere hacer el agosto a nuestra costa. Pero nos resignamos. Entre veintemil personas de aforo era difícil poder colocarnos todas, así que asumimos pagar por el parking campestre e ilegal.
Pero una vez más juzga uno precipitadamente.
Fue gratis. El hombre solo quería servir y ser acompañado, aunque solo se tratara de un montón de coches apartados. Los dueños los recogerían, y vería movimiento a su alrededor que aliviara su soledad no deseada.
Al recoger el coche le dimos las gracias.
Permanecía en el porche de su casa, absorto, escuchando las canciones del último.
Querida Milagros.
Para milagro, conocerle a él.
Aquel último…
Los últimos serán los primeros.



















