Y el ataúd errante se precipitó al crepitar del fuego, dispuesto a evaporarse entregado a las cenizas, el olvido y las lágrimas fingidas de la viuda de alpargatas negras. Ella se olvidó de contratar el responso por el alma del difunto. En el fondo estaba segura de que su finado esposo se dirigía a las llamas de la condenación eterna. En mi cabeza sonaban las notas del Requien de Mozart, en re menor.

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