Vos no sabés nada de mi…
ni por qué respiro,
ni por qué sueño,
ni por qué tiemblo,
cuando no hace frío
ni calor,
solo el rocío nocturno
de la ausencia perpetua.
Belleza. Quiero captarte en esos instantes para apropiarme de un poco de eternidad...
Vos no sabés nada de mi…
ni por qué respiro,
ni por qué sueño,
ni por qué tiemblo,
cuando no hace frío
ni calor,
solo el rocío nocturno
de la ausencia perpetua.
No soy digna de ti.
ni de nadie.
Como el Bautista
con la correa del zapato del maestro.
Quemándole entre las manos.
Pequeña y mezquina,
gusano de manzana podrida
que emponzoña
y revienta corazones
tiernos.
Irrumpí e hice noche
que se enredó en su pelo.
Que se quede ahí
y que lo corten.
Cuando crezca
y tengan que suturar
una de las tres heridas,
que no es la de la vida
ni la de la muerte.
No soy digna de su Amor.
Ni de su perdón.
El viento entreteje sus dunas
entre las caderas del tiempo
el sol se apoya sobre sus pliegues
escondiéndose entre la arena muda.
Inspirada en esta obra de Ai Wei Wei hecha de cascos alemanes de la II Guerra Mundial y expuesta en el MUSAC de León.
Mírales, desarraigados,
expuestos a la intemperie
desolada del viento
violento que los empujó
por mares tibios.
A través de los vientos de guerra
de las nubes de gas
de un mina latente
que silba en Siria.
Tienen el color
parduzco del mestizaje
impuesto.
Reciben la palmada
de la ignominia y el rechazo,
de los proscritos que danzan y maldicen
y de los poderosos que insultan
con la mirada altiva del que se encuentra
encima, encima de su desdicha.
Apilados uno junto al otro
mimetizados frente a las hileras
de soldados sicarios.
Esos cascos verdes como
trigo obsceno que mancilla el suelo.
Como cucarachas que no se extinguen.
Yo quiero ser ese.
El casco boca arriba,
Casco cuenco
que es pozo
de resistencia frente al resto.
Que recoge el agua de las lágrimas
que otros vierten:
Las de los niños abortados,
las de las niñas ultrajadas,
las de la familia pisoteada,
las de los jóvenes torturados,
las de los refugiados ninguneados,
las de Yamen y Mohamad,
las de Yelizabeta y Denissa.
Y las mías por esa sensación
de inutilidad.
Ya no lloran
porque la vida empuja.
Como empujo estos pobres versos
que son hojas que revolotean
a ras del suelo.
Como el polvo de los caminos
que vosotros traéis revoloteando,
como enjambres mudos
que sobrevuelan esos vientos de guerra.
Dejad ese casco en el suelo.
Por favor, que nadie derrame el agua de lágrima
muda que se coló en su interior herido.
Los padres marroquís son muy duros con sus hijas, profe.
Bajaba la mirada, avergonzada por no saber que más añadir a su mirada velada.
Estudia, prepara tu futuro. Trabaja por tu libertad.
Al día siguiente, alguien me tocó por detrás. Y al girar vi en el rellano de la escalera su larga melena azulada brillando bajo unos rayos del sol que, cómplices, habían hecho nido en su pelo. No se la había visto nunca, negra y sedosa, cubierta hasta entonces bajo una prisión de tela.
Alma me hizo un gesto de complicidad con su mano abierta. Tenía una bandera con su corazón ondeando sobre su cabeza. Y la libertad sonriendo entre sus labios.
El piropo más bonito que le dijeron a aquella violeta, vino de labios del conserje de un instituto.
“Hueles a patio de Córdoba”
Y a la violeta se le quedó cara de Primavera para el resto del día.