Esta semana se ha celebrado un acontecimiento muy importante: el bicentenario de la fundación de la congregación de las Carmelitas de la Caridad Vedruna, fundada por Santa Joaquina de Vedruna. La conmemoración ha tenido una especial relevancia en Vic, ciudad donde nació este carisma que hoy sigue vivo.
En palabras de la propia congregación, se conmemoran dos siglos del nacimiento de un carisma sembrado por Santa Joaquina como respuesta evangélica al clamor de su tiempo, un legado de vida consagrada y misión compartida que, con fidelidad creativa, continúa inspirando a la familia Vedruna a educar, cuidar y liberar en contextos diversos y cambiantes.
Permítanme, queridos oyentes, que me remonte a mi infancia.
Con apenas tres años comencé mis estudios en el colegio del Sagrado Corazón, en la calle Alfonso V. Allí, la hermana Isabel me enseñó mis primeras letras. Allí conocí también a mis grandes amigas, Luisa e Isabel, con quienes todavía hoy mantengo un vínculo profundo.
Mirar atrás es reencontrarme con los valores que me transmitieron. Recuerdo especialmente aquel lema:
“Todo por amor, nada por fuerza.”
Y también esa frase que tantas veces escuchábamos:
“Amor, y más amor; que nunca dice basta.”
Santa Joaquina de Vedruna fue una mujer valiente. Casada muy joven, madre de ocho hijos y abuela, quedó viuda y, a los 47 años, fundó la comunidad de las Hermanas Carmelitas de la Caridad. Falleció a los 61, después de haber fundado conventos, escuelas y hospitales en distintos lugares de España.
Fue una mujer adelantada a su tiempo, de vida sencilla, convencida de hacer la voluntad de Dios. Inició un modo de vida religiosa al servicio de las clases más populares, con especial atención a los marginados y a los enfermos.
Hace poco conocí a un niño huérfano acogido en la Casa Madre de León, en la vivienda-hogar que la comunidad mantiene en nuestra ciudad. Es uno más de los muchos proyectos que siguen dando vida al carisma que nació hace doscientos años.
No puedo sino expresar mi agradecimiento. Mis valores y principios están profundamente marcados por ese espíritu Vedruna.
Me vienen a la memoria los nombres de tantas hermanas que forjaron mi carácter: hermana Isabel, hermana Encarnación —Encarnita—, Leo, María Josefa, Prida, Olvido, Maricruz, Justino, Elena, Amparo, Helen, Mila, Carmen Gómez, hermana Flora… y tantas otras que quedaron en el camino, pero que dejaron huella.
Gracias, Carisma Vedruna.

