miércoles, 3 de mayo de 2017

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS

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Hace una semana que falleció Jonathan Demme, el director de "El silencio de los corderos" . Cuando leí la noticia pensé en escribir sobre ello.
Me ocurre con frecuencia. Durante el día me asaltan los acontecimientos clamando ser rescatados de la memoria. Pugnan por salir del anonimato para convertirse en realidad visible para ser leída y digerida.
La memoria también es vanidosa y se resiste a permanecer silenciosa entre las montañas de la reflexión callada. Pero gritan tantas cosas que es imposible atenderlas a todas. Mi pluma no da para tanto.

Recuerdo lo que me impactó Hannibal Lecter con aquella boca de acero que le colocaron para preservar al resto de los mortales del canibalismo de este personaje arrebatadoramente loco. Refinadamente cruel. Antropófago de etiqueta al  que Jodie Foster supo encandilar tras el personaje de Clarice Starling estudiante del FBI que pretende hacer méritos para entrar a trabajar en la Unidad de Ciencias del Comportamiento. El canibal será clave para ayudar a la joven estudiante psiquiatra a resolver un crimen y así combatir un trauma de la niñez que tiene que ver con los corderos que vió sacrificar en la granja en la que la joven vivía de niña. Clarice cree que resolviendo los crímenes evitará más víctimas sacrificadas como aquellos corderos.
¿Cómo olvidar aquella sonrisa del perturbado de Hannibal?¿Aquellas bromas lascivas que la joven policía tiene que soportar?

Tras ver la película Anthony Hopkins se convirtió en uno de mis actores predilectos.

Os dejo la célebre escena del careo donde Hannibal reta a la joven de ojos azules. Él le dirá cosas si ella accede a dejarse interrogar por el psiquiatra perturbado.

"Quid pro quo Clarice, quid pro quo"