domingo, 24 de noviembre de 2013

De tostadas, mermelada, neolítico, móviles y demás



Comenzamos las semana desayunando. Al ir a comprar nos confundimos de mermelada y compramos la dietética de fresa. ¿Resultado?. Permanece inalterablemente llena en el estante del "frigo". Hoy he intentado colocársela a Cecilia. Resultado fallido. Tiene un agudo sentido del gusto.
.- ¡Pues échale azúcar!...ya verás qué bueno.

Accede...pese a estar en edades trasgresoras.

.- ¡Hum! ¡Qué bueno!...¿en tu época había tostadas?

Me río. Esa pasmosa facilidad con la que le mandan a una al neolítico no deja de sorprenderme.

.- Pero bueno ¿y esa obsesión de anclarme en la prehistoria?

Las dos nos reímos...el salto generacional no consigue vencer al cariño materno-filial. Mi hija tiene una sonrisa preciosa.

.- Bueno...¿Y... móviles había?

Tocada...ahí no tengo defensa alguna.

.- Pues móviles no.
.- Pues entonces es como si no existiera nada porque antes de los móviles todo era pasado.

Y me vuelvo a reir mientras pienso en que realmente las cosas han cambiado mucho y que a lo mejor las nuevas tecnologías han abierto una brecha más profunda de la que a menudo creemos.

Me gusta desayunar en familia...sin móviles, teléfonos ni demás aparatos digitales por medio...es realmente cuando las tostadas saben mejor...aunque sea con mermelada dietética de por medio

domingo, 17 de noviembre de 2013

Canela




Unida a muchas cosas. A su infancia y de algún modo a la mía. Cuando algo que queremos se va de alguna manera también se va algo de nosotros, de nuestros recuerdos.
El otro día les dije a los chicos que  las personas estaban muy por encima de los animales. Que no tenían alma. Pero dejan una huella profunda también cuando se van. Recuerdo el amor tan entrañable que Francisco de Asís les profesaba.
Me parecía de justicia dedicar una líneas por  breves que fueran para recordarla. Ocupó un sitio en nuestra casa, y de algún modo en nuestros corazones...sobre todo en el de Cecilia. Sus lágrimas me hicieron pensar que es posible que Dios sí tenga un lugar para ellos.
Estaba muy malita...murió despacito como era ella. De manera delicada.
Como decía Gloria Fuertes...los conejos que han sido buenos van a un cielo de zanahorias...y ella tiene que estar allí.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA BAILARINA RUSA





        Terminábamos nuestro idílico periplo por la capital del Sena. Desde la cocina, sita en un desván podía distinguir las célebres buhardillas de los tejados parisinos. Aspiré la última imagen, el último recuerdo que pensaba llevarme de París. Pero como siempre Alguien pretendía poner su impronta. 
        A golpe de martillo entré en la habitación contigua a la mía. Una hermana se afanaba recomponiendo la habitación que acababa de abandonar un curioso huésped: ni más ni menos que una bailarina rusa. En seguida mi imaginación -debe ser cosa del alma femenina - le puso  cara pálida, talle esbelto, zapatillas rosa palo y carácter lánguido, melancólico, un tanto depresivo. Sí, así debía haber sido aquella bailarina que vino a probar París.
 A juzgar por la contrariedad de la hermana no había cuidado muy bien el mobiliario.
La hermana se lamentaba por el estado de la habitación ¡Madre mía!¡Cómo lo ha dejado todo!. ¡Qué desastre!,
      Realmente aquella bailarina debía haber sido un tanto descuidada. ¿Habría encontrado trabajo?. ¿Resultó para ella París tan fascinante como lo fue para mi?. ¿Conoció a algún parisino que le susurraba tiernas palabras francesas al oído?.¿Hubo de regresar a su país resignada ante la desilusión de un París frío que defraudó sus expectativas? 
       Sentada al borde de la cama desnuda de sábanas pensaba sobre todo esto cuando un objeto rojizo llamó mi atención. Era un pequeño librito rojo. En sus hojas bailoteaban juguetones caracteres desconocidos para mi. Quizás lengua rusa. Y entre sus páginas, al hojearlo se deslizó una bella estampa netamente ortodoxa de una Virgen con el Niño en brazos.
        ¿Rezaría con este libro mi soñada bailarina rusa?. Seguro que si. 

       Quizá algún día la conozca. A lo mejor descubre en la red la foto de su preciado librito. Entonces podré devolveré su libro que ahora guardo casi como una reliquia profana entre mis más bellos recuerdos de Paris.

domingo, 10 de noviembre de 2013

ACERA OTOÑAL




Le estaba diciendo que en Valladolid todas las mañanas una brigada de jardineros aspiraba las hojas dejando las aceras de Campo Grande perfectamente expéditas de cadáveres vegetales. Bueno, no se lo decía de manera tan pedante (es lo que tiene la literatura cuando se cuida), pero si le decía que las aceras estaban limpias. 
Mientras hablábamos apartábamos al caminar la multitud de hojas que alfombraban el paseo de Papalaguinda. 
Entonces Rebeca hizo una de esas observaciones que siempre me descolocan: 
" A mi me gustan las hojas en el suelo. Resulta más divertido."
¿Pues claro que si!. Esa alfombra otoñal que cubre el suelo de una sinfonía interminable de ocres dota al paisaje de un encanto melancólico que sólo el otoño trae. Se visten las ciudad de melancolía. ¿Por qué cambiarlo?
La cordura diría que se atascan los desagües, que son un signo de dejadez, que hay que ver los recortes cómo se notan bla, bla, bla.
Pero yo estoy de acuerdo con Rebeca.
Me quedo con las calles revestidas. El otoño es dejar que los árboles tomen las calles con su bella tristeza.