sábado, 29 de agosto de 2015

Cuando la mina canta


 Hay momentos que permanecen en la memoria y en el corazón y se convierten en nutrientes del espíritu para toda la vida. El pasado 24 de agosto fueron varios los acontecimientos que nos sobrecogieron a raudales convirtiendo las fiestas  patronales del barrio de la Estación de Matallana en una ocasión singular y única. Una fecha que será difícil volver a repetir por la multitud de sentimientos,nostalgias, recuerdos, y vivencias que inundaron a cada uno de los fieles y no tan fieles que nos congregamos en la Parroquia de San Juan Bautista en el Barrio de la Estación de Matallana de Torío. Un momento en el que el amor a esa tierra teñida del color de la antracita nos sacudió de una manera especial.

 Comenzaba la mañana con la tradicional procesión con el Santo: San Bartolomé - San Bartolo para los lugareños - que se inicia anualmente desde la plaza del mismo nombre, sede del Ayuntamiento. El coro había quedado antes en la Iglesia para ensayar las canciones de la misa y algunas más que teníamos pensado ofrecer a modo de pequeño concierto al finalizar la Eucaristía. Pero al llegar a la Iglesia la puerta no estaba aún abierta y los cantantes, elegantes,espléndidos y un tanto nerviosos por el estreno esperaban pacientemente para comenzar con puntualidad el ensayo. Pero un whattsap me informaba de que la procesión sufriría un retraso: Chiqui había muerto.

 Chiqui era un vecino de Robles, devoto y forofo de la Virgen al que conmovía observar en actitud de adoración durante la Eucaristía. Cada año acudía puntualmente a una cita inaplazable: la celebración de la célebre romería de Boinas, patrona de todo el Valle y a la que todos tenemos una entrañable devoción. Pues bien Chiqui murió como vivió al menos durante el último tercio de su vida: "pegado" a Dios, mientras colaboraba en la restauración de la Iglesia de Robles, lo más cerquita del cielo que puede morir un cristiano, cercano a un sagrario. Comentaban los que le conocían que había manifestado su deseo de irse ya y pese a que la última revisión médica había arrojado un informe favorable sobre su excelente salud parece que le hicieron caso y decidieron que su misión en esta vida ya había sido cumplida, seguramente con creces.
Finalmente y tras haber atendido los requerimientos del forense y demás autoridades competentes que suelen concitarse cuando se produce un fallecimiento en tan inusuales circunstancias Óscar, nuestro párroco pudo cumplir con el programa establecido y celebrar la misa visiblemente emocionado. Quería a Cjhiqui y su familia, colaboradores habituales aunque esporádicos - residen habitualmente fuera del municipio - por ello no pudo disimular algunas lágrimas incontrolables que asomaban su dolor ante los feligreses, aunque como siempre supo dar la talla ensalzando la figura de San Bartolomé, ese amigo fiel de Jesucristo en el que en palabras del propio maestro no había doblez y que murió mártir según la tradición allá por tierras de la India.
Finalizada la misa el coro se colocó en las escaleras, a los pies del altar e invitamos a los asistentes a acompañarnos con su presencia. Con solemnidad y perdiendo el miedo escénico los seis coralistas desgranaron nuestro pequeño repertorio comenzando con una canción de nostalgias, ermitas y una Virgencita que se encontraban al final de un Camino verde, a continuación el pueblo comenzó timidamente a cantar sacando pecho un hermosa tonada dedicada a la montaña que ensalza las virtudes del pueblo montañés.

  Pero fue al interpretar la última canción donde surgió la magia y se operó la transformación. Al comenzar las notas todos reconocieron el himno minero por excelencia: ¡Santa Bárbara bendita!. Y fue entonces cuando todas las voces se convirtieron en una sola: la cuenca minera cantaba a los familiares muertos, a los amigos quebrantados por la silicosis, a los hogares vaciados  por el éxodo de los que perdieron el trabajo, al ocaso de un tiempo de esplendor que agoniza, al sueño negro de familias enteras que dieron su vida por sacar de las entrañas de la tierra un oro oscuro que hoy nadie aprecia. Desde todas las partes de la Iglesia surgían las notas lanzadas al viento clamando el retorno de un tiempo que se agota. El pozo Maria Luisa se tornó por el Emilio del Valle donde en el año 2013 seis mineros entregaron sus vidas a causa de un escape de grisú. Y mientras nuestro compañero coralista leía los nombres de los seis hombres muertos la emoción contenida se desbordaba a raudales por los rostros de aquellos que saben bien lo que es ser devorado cada mañana por la tierra para arrancarle un poco de piedra.

 La familia minera lloraba, oraba, sufría y anhelaba un tiempo pasado que no volverá mientras un espíritu de fraternidad sobrevolaba la iglesia convirtiendo el momento en eterno. Al tiempo, los niños asombrados contemplaban la escena sintiéndose protagonistas de un instante distinto pero ciertamente inolvidable.