domingo, 27 de marzo de 2011

sábado, 19 de marzo de 2011

EL CRUCIFIJO NO MOLESTA A NADIE SALVO A AQUELLOS QUE SE SIENTEN MOLESTOS CON TODO

Sentencia firme e irrecurrible: los crucifijos en las escuelas no violan los derechos humanosImprimirE-Mail

Italia ha vencido la batalla jurídica de los crucifijos en las escuelas. La Gran Sala del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha decidido que exhibir las cruces en las aulas no viola el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus creencias y el de la libertad de pensamiento y religión de los alumnos.

La sentencia, que ha salido adelante con 15 votos a favor y dos en contra, señala que Italia no infringe el Convenio Europeo de Derechos Humanos y actúa dentro de los límites en el ejercicio de sus funciones en el terreno de la enseñanza, al mantener los crucifijos en las escuelas públicas. El fallo pone fin al caso Lautsi.

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Los 17 magistrados de la Gran Sala han adoptado esta decisión tras revisar una sentencia previa del propio Tribunal de Estrasburgo, de noviembre de 2009, que estableció que la presencia obligatoria de crucifijos en las aulas públicas era contraria a los derechos de padres y alumnos.

La sentencia de la Gran Sala conocida hoy es firme y contra la misma no cabe recurso, y llega después de que el Colegio de cinco jueces de la Gran Sala aceptara la petición del Gobierno italiano de que esa instancia reexaminara el caso. Los jueces que han firmado el fallo son los elegidos a título de Francia, Grecia, Reino Unido, Dinamarca, Andorra, Malta, Eslovenia, Croacia, Estonia, Rusia, Noruega, Finlandia, Suiza, Chipre, Irlanda, Bulgaria e Italia; ninguno de ellos participó en la anterior sentencia.

La demanda contra la presencia de la cruz en el aula fue presentada en Estrasburgo en julio de 2006 por Soile Lautsi, una ciudadana italiana residente en Abano Terme (a 55 kilómetros de Venecia) con sus dos hijos, que entonces tenían 11 y 13 años y que en el curso 2001-2002 estuvieron matriculados en el instituto público Vittorino da Feltre de esa localidad. Defensora del principio de secularidad, Lautsi presentó sin éxito una reclamación en el centro al comprobar que cada clase exhibía un crucifijo. Posteriormente, llevó su reclamación a las autoridades regionales, que elevaron el caso al Tribunal Constitucional. En diciembre de 2004, ese tribunal dijo no tener jurisdicción sobre el asunto, pero un tribunal administrativo falló después contra la demandante, al entender que el crucifijo es un símbolo "de la identidad italiana", así como de los principios de igualdad, libertad y tolerancia. La sentencia de la Sala del Tribunal de Estrasburgo apoyó posteriormente a Lautsi, al afirmar que la presencia del crucifijo en las aulas públicas "podría interpretarse fácilmente por alumnos de todas las edades como un signo religioso" que podría resultar "molesto" para los practicantes de otras religiones o los ateos. Según el fallo, "el Estado debía abstenerse de imponer creencias, incluso indirectamente, en lugares con personas a su cargo o particularmente vulnerables" y "se debía observar una neutralidad confesional en el contexto de la educación pública".

La Gran Sala celebró el pasado 30 de junio una vista en la que diez Estados apoyaron a Italia y en la que el representante de esas naciones, John Weiler -de confesión judía-, afirmó que el crucifijo es un símbolo tanto nacional como religioso, "respetado también por la población laica". Los representantes italianos señalaron en esa audiencia que la demandante era una "militante atea" que buscaba "imponer en la escuela su concepto personal de laicismo". La defensa de Lautsi argumentó que la presencia de los crucifijos supone "la tiranía de la mayoría" y una "injerencia estatal en la libertad de pensamiento, conciencia y religión".

lunes, 14 de marzo de 2011

ALGUNOS NO SABEN DIALOGAR

Manifiesto Asociación de Universitarios de Atlántida ¿Quién tiene miedo a la libertad en Somosaguas?ImprimirE-Mail

Fue el pasado jueves. Cerca de cincuenta personas entraron en la capilla del campus de Somosaguas, rodearon el altar y se desnudaron. Estamos dispuestos a discutir con cualquiera acerca del sentido o sinsentido de las capillas en la universidad, del cristianismo y de todo lo que preocupe e interese a la comunidad universitaria.

Sin embargo, irrumpir de un modo ofensivo en un templo sagrado es una cosa bien distinta, un hecho triste y doloroso que nada tiene que ver con la vida universitaria, con el diálogo y la capacidad crítica que desde siempre la han caracterizado.


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Hace un año algunos estudiantes comenzamos a escribir un pequeño periódico llamado Samizdat que repartimos mensualmente en la universidad. Como puede leerse en numerosos blogs en internet, el mismo periódico y otros manifiestos que hemos difundido durante los últimos meses han sido ocasión para dialogar con profesores y estudiantes de cualquier signo y opinión: laicistas, no creyentes y cristianos. Muchas personas, a favor o en contra de lo que decíamos, han agradecido nuestras iniciativas y reconocido la necesidad de un verdadero diálogo que no tema la diferencia.

Lamentablemente, como hemos podido ver y experimentar en primera persona, no todo el mundo se alegra de que en nuestra universidad haya disparidad de opiniones, de que haya estudiantes que se expongan y no tengan miedo a ir en contra de la opinión dominante o de la opinión que algunos desearían dominante. Sin ir más lejos, días antes del asalto a la capilla, varios estudiantes de Políticas “decidieron por consenso” que debíamos abandonar la facultad y dejar de repartir el periódico. Esta posición, cargada de impotencia, indica qué tipo de universidad y sociedad quieren construir algunas personas: una sociedad en la que solo se escuche una voz, la suya; en la que desaparezca la presencia pública de los cristianos y de todos aquellos que se muestran libres frente al poder establecido. ¿Es ésta la universidad y sociedad que queremos?

No escribimos este panfleto porque nos guste “guerrear”, aunque ¡ojalá encontráramos gente que quisiera “guerrear” con la razón, que quisiera pensar y discutir hasta el agotamiento! Cuando esto último sucede quiere decir que la universidad está viva: amas lo suficiente la vida como para entrar en diálogo con otros sin necesidad de eliminar, censurar o aplastar. Ojalá que la pasión por el estudio y el interés que la realidad nos despierta a diario encuentren en la universidad espacios reales de discusión y libertad, de verdadera aceptación de los otros. Así evitaremos que lo que más queremos se vea dominado por una perezosa ideología.

No hay universidad si no hay libertad de expresión, la libertad real de exponer las propias ideas y discutirlas en el espacio público. Toda opinión y objeción ―sea del signo que sea― es siempre una oportunidad de crecer y dar razones de la propia experiencia, una fuente de nuevas preguntas y estímulos en el camino hacia la verdad. Es en el diálogo donde las personas se muestran realmente a pecho descubierto, donde se resquebraja la ideología, donde uno valora y somete a sana crítica sus propias propuestas.

A.C. Atlántida

jueves, 3 de marzo de 2011

VÁMONOS DE CARNAVAL

YA ME HA VALIDO LA PENA

Cada vez que digo que yo soy creyente,


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aparece algún valiente que me juzga

con la voz cobarde del intransigente
que surge siempre de la censura.

Esos que presumen ser inteligentes
y van buscando su razón en la incultura

porque no entienden que la fe me haga más fuerte

que simplemente es un invento de los curas,
que surge nada más,
que surge por el miedo hacia la muerte.

Y a quién se ofende si le doy gracias a Dios,
y a quien se ofende si le pido protección,
que más me da quien me comprende
si el creer me hace más fuerte y me hace ser mejor persona.

Si a Dios lo encuentro solamente en el amor,
y no en las manos indecentes
que se justifican si le adoran,
y en las manos pederastas
ni de aquellos que mataran
ni juraran en su nombre.

Dios está en las manos del que ayuda,
del que no pregunta nunca
y que perdona los errores.

Ese es el Dios

que me llena,
ese es el Dios que ilumina,
y si en el mismo día en que me muera
compruebo de verdad que no existiera,
la misma fe que muchos tirarían,
si me hizo ser feliz toda mi vida


¡ YA ME HA VALIDO LA PENA!