lunes, 16 de septiembre de 2013

UNO DE NOSOTROS. MÁS DE UN MILLÓN DE FIRMAS



A falta de un mes y medio para que finalice la campaña de recogida defirmas en defensa del embrión en Europa, ya se ha superado el millón de firmas. Algo más de un millón de ciudadanos europeos (1.031.905) ha firmado la iniciativa legislativa popular 'One of Us', encabezada por el eurodiputado Jaime Mayor Oreja, que pide a la Unión Europea que no financie proyectos en los que se destruyan embriones o se promueva el aborto..


El plazo para llevar a cabo la iniciativa está terminando, tenemos como fecha límite el 15 de octubre para hacernos oír, para que el Parlamento Europeo sea consciente del clamor que por la defensa de la vida hay en la Unión Europea y para que sepan la inquietud de la sociedad europea en su conjunto por la necesidad de una mayor protección del embrión humano en Europa.

Con este propósito, se hará una recogida de firmas conjunta, en todos los Estados de la Unión Europea, el próximo domingo 22 de septiembre. En esta recogida participarán todas las entidades que trabajan en la defensa del embrión humano en Europa para alcanzar el millón y medio de firmas. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Facebook: el diván de internet





Me permito transcribir una reflexión de Vicente Guillán , que me ha parecido muy interesante.


No es necesario un concienzudo estudio demoscópico para darse cuenta de un tipo de publicaciones frecuentes en Facebook: las de aquellas personas que invariablemente comparten el propio estado de ánimo en esa red social. Las oscilaciones van desde aquellos que estallan en el furor de la alegría hasta aquellos otros hundidos en la tristeza de la desolación: rupturas amorosas, victorias deportivas, quiebras económicas, éxitos laborales, deserciones escolares y un largo etcétera tipológico son los catalizadores que impulsan a reflejar públicamente los propios sentires.

Es humanamente comprensible que tanto las penas como las glorias tiendan a ser compartidas con otros. Después de todo tanto la alegría como la tristeza suelen acentuarse o atenuarse si alguien acompaña durante el paso por esos estados anímicos. Las redes sociales han facilitado el poder transmitir lo que se lleva dentro y que otros lo conozcan. La facilidad técnica para hacerlo se corresponde con la impulsividad emotiva para dar el paso.





El que muchos de esos sentires compartidos se conviertan en material público abierto hace pensar precisamente en dos vicios más o menos extendidos como lo son la precipitación y la falta de precaución. ¿Quién en su sano juicio se detendría en una plaza pública para expresar el personal estado de ánimo a los transeúntes así nada más porque sí? Algo análogo debería suceder en esas otras plazas actuales como los social network. La diferencia es tal vez que, en las redes sociales, las personas pueden gritar sin ser vistas «realmente» y así sentirse seguras en su no ser vistos por otros: «gritar» escribiendo frente a una pantalla a la espera de que alguien corresponda a sus clamores con un «me gusta».

De un sencillo repaso por perfiles se llega a quedar tremendamente impresionado por lo que las personas son capaces de hacer por una reacción ante lo compartido: los usuarios de Facebook esperan realmente que esos gritos en las plazas digitales sean correspondidos ya no con la caricia, el abrazo o guiño de ojo del amigo verdadero, sino con el «me gusta» frío y robotizado que tan fácilmente se otorga tanto a una foto banal de fans page igual de banales que al trascendente momento de dolor o gozo por la que una persona atraviesa y hace público desde su propio perfil personal.

Yendo más al fondo, no es aventurado pensar en el natural y comprensible deseo de relevancia: saber y sentir que «eso» que se comparte resulta también de importancia para alguien más no parece algo tan ridículo ni tan intranscendental. Pero ese anhelo interior encuentra no pocas veces una precipitada salida en la facilidad técnica por medio de la cual es posible vocearla. Precipitación que, dicho sea de paso, olvida que las cosas se convierten en públicas y así queda uno expuesto más allá del círculo de las propias amistades.

En todo este contexto conviene recordar que la valía de las personas, y de sus sentires privados, no se miden por la cantidad de «me gusta», comentarios o «compartidos». Es propio de una persona madura tenerlo muy presente porque quien dice madurez dice también reflexión, interiorización, escucha, calma e incluso meditación: los momentos anímicos pueden llevar a escribir cosas que en un tiempo de serenidad no se dirían o al menos se ponderarían mejor.

En el Evangelio hay un mandamiento de Jesucristo que hoy en día parecería hecho a la medida para las redes sociales y quienes las habitan: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Es cierto que hay un anhelo humano de ser tomado en cuenta pero esa sana inquietud pasa por primero tenerse en cuenta uno mismo: valorarse y «amarse» por quien uno es (una criatura amada por Dios quien en el hecho de nuestra existencia nos dice «te amo»), así sin «me gusta» y comentarios digitales; y de esa forma también nosotros podremos aprender a amar a los demás no por su popularidad o desatinos anímicos compartidos en Facebook sino porque realmente son relevantes en cuanto criaturas con igual dignidad que nosotros mismos. En lugar de dar o recibir «me gusta» (que tampoco está mal hacerlo) se tratará de salir al encuentro del otro con algo más importante y humano como la palabra y la cercanía física.

Tal vez pocos se han dado cuenta del punto de partida que Facebook pone como pregunta antes de compartir contenidos. En el recuadro que aparece antes de colocar cualquier cosa en el muro personal está la pregunta «¿Qué estás pensando?». Tal vez la próxima vez que se entre a la famosa red social uno pueda realmente pensar las cosas antes de compartirlas. Un ejercicio que, a la larga, redunda en la madurez personal que lleva a nunca olvidar aquello que decía Tomás de Kempis en la «Imitación de Cristo»: «No eres más porque te alaben ni menos porque te vituperen, eres lo que a los ojos de Dios eres».

lunes, 2 de septiembre de 2013

Hannah Arendt y propósitos para el nuevo curso.





Pues me ha impresionado la película.
Desde que la vi, no paro de darle vueltas.
 Hannah Arendt es filósofa, pensadora y periodista, judía alemana exilada en los Estados Unidos y superviviente de un Campo de concentración. Es enviada a Jerusalén por The New Yorker a cubrir el juicio del criminal de guerra nazi Adolf Eichman, quien es juzgado y consenado a muerte. Durante cuatro años trabaja incesantemente escribiendo un libro titulado "Informe sobre la banalización del mal", el cual provoca inmediatamente un revuelo.
  La filósofa, desde una interesante honestidad intelectual, hace un anáisis que descoloca en primer lugar a sus amigos judíos y en segundo lugar a todo su entorno.
  El meollo de su análisis viene a afirmar que los culpables del mal no son los que dictaron las órdenes de ejecución, o firmaron los documentos que posibilitaron las salidas de trenes con los deportados a los campos de exterminio, ni tan siquiera los cabecillas del partido nazi.
  Los culpables del mal son todos los engranajes del sistema que están perfectamente coordinados y colocados para que todas las fichas del dominó vayan cayendo en aras a un objetivo común: la eliminación de los seres humanos que resultan innecesarios. Entre esos engranajes había judíos complacientes que tampoco levantaron el dedo para frenar la barbarie.
  Una de las afirmaciones que la filósofa hace en la película - magistralmente interpretada por la alemana Barbara Sukowa - es que una de la estrategias para que los alemanes consiguieran su propósito es la de convencer a los judíos deportados que no eran necesarios . Despersonalizarlos absolutamente, relativizar sus existencias, vaciar sus almas y mentes de contenidos para que no lucharan. Y eso mismo se aplicaba a sus captores y ejecutores: no son necesarios,sólo un engranaje más, ni tan siquiera culpables, burócratas anónimos  sin personalidad, anónimos, asépticos, incoloros, inodoros, insípidos...como Eichman. Eso también forma parte de lo que la filósofa llamó la banalización del mal. El mal no es radical - afirma la filósofa - sólo el bien lo es. El mal se diluye  y extiende lentamente como una mancha de aceite.
  Yo también opino de esa manera. El bien es radical porque compromete de lleno. ¿Será eso por lo que nos llaman radicales a los que queremos vivir el Evangelio con plenitud como Él lo hizo?. Pues claro que si. Ser cristiano es ser radical, porque no me conformo con las cosas como están: no tolero (difícil término en una sociedad donde la palabra tolerancia es dogma), pues bien NO TOLERO una sociedad que elimina consciente, deliberada, consensuada y legalmente vidas humanas llamándole a eso derechos reproductivos, NO TOLERO una sociedad donde sólo se habla de pobres para llenar los minutos muertos de sobremesas tediosas, NO TOLERO que se eche a las gentes de sus casa para que los bancos engrosen sus beneficios aún más, NO TOLERO la corrupción de menores a manos de los poderes públicos ni de ningún otro poder. NO TOLERO que unos tengan tanto y otros se mueran de hambre por las calles.

  Decían en mi pueblo - cómo son -dame una borracha y yo me encargo de lo demás. Habrá que cambiar el dicho. Dame una mente hueca, un ser que no piense que yo me encargo del resto.

  Propongo empezar el nuevo curso escolar PENSANDO y ACTUANDO. Si nos quedamos quietos llegará la mancha de aceite y dejaremos de ser agua que aunque sea también incolora, inolora e insípida hace germinar la VIDA a su alrededor.