sábado, 12 de agosto de 2017

TE PROMETÍ UN JARDÍN

RELATO GANADOR EN EL TERCER CONCURSO POÉTICO-LITERARIO ORGANIZADO POR LA ASOCIACIÓN OCIO-CULTURAL NAREDO.
Patrocinado por el Instituto Leonés de Cultura y la Excma. Diputación de Leon









.- Dicen que en los próximos años la palmaremos setecientos. Así que no te extrañe que estén haciéndose dos a la vez. Cuando menos te lo esperas…¡zas! ¡Ahí la tienes!. Aquí no se queda ni el tato Chuchina.

Los ecos de las voces de sus amigas se colaban con nitidez a través de los oídos de la mujer mientras apuraba las últimas gotas de la pequeña regadera metálica. Había que aprovechar el agua. La presa cerrajera no venía muy exultante ese año. Las lluvias habían sido escasas y el Torío no venía pródigo en caudal. Por lo demás aquel pequeño vergel situado a la cabecera de la ermita de Nuestra Señora de Boinas bien merecía sus desvelos ya que detrás de aquellos rosales, margaritas, lirios y azucenas...detrás de todos aquellos pequeños regalos florales estaba él.

Levantó sus ojos entretejidos de arrugas. Tan recosidos de surcos que hundían sus pupilas celestes ,otrora espectaculares, en unas cuencas infinitas. Y dejó perder su vista en la lejanía descansándola en los montes. Allí estaba imponente la Peña Galicia. Su orografía semejaba la espina dorsal de un gran dragón, como aquellos que protagonizaban los cuentos que la abuela le contaba de pequeña.

De pronto se vio sobresaltada por el sonido de los jadeos y zancadas de un grupo de corredores que atravesaron la explanada como si de una manada de corzos se tratara. Corrían libres, vigorosos y fuertes. Plenos de vida.

Por eso le gustaba también venir cada día a la ermita. Para encontrarse con los vecinos del valle. Lo mismo aparecían por allí Sinda la de Robles, la cuchipanda de octogenarias de Naredo, o la pareja de los de Seprona a la caza de algún pescador 

Y es que a su edad no era buena la soledad. Bueno, la soledad nunca fue buena para nadie. Y a ella siempre le gustó la compañía. Sobre todo alguna. Su físico prominente de mujer sensual siempre atrajo las miradas masculinas. Y eso bien lo sabía su Cosme desde el mismo día que se hicieron novios. La conoció asomándose al balcón de su escote y bien pronto supo que era un balcón demandado. Pero Pili siempre fue así. Desinhibida y natural. Nunca hubo doblez en sus gestos y ademanes. Ella era tal cual. Arrolladora por naturaleza. Las alegres comadres de la Valcueva encontraban en ella siempre fuente de inspiración para comentarios varios en las largas tardes de verano sin necesidad de mirar telenovelas.
Pero eso Cosme lo sabía cuando se casó con ella y también cuando montaron juntos el bar en Pardavé.
A Pilar le gustaba ceñir sus generosas carnes en vestidos que exaltaban sus encantos femeninos. Ya de estar encerrada entre cuatro paredes, muerta de asco, y ahogada entre densos humos y juramentos tahúres,  compensar un poco tanta frustración sintiéndose la reina del mambo bajo las miradas de aquellos fantoches que les daban de comer. Pero luego nada de nada. Los celos y el carácter del Cosme eran conocidos en todo el valle. Así que todo quedaba en mirarás pero no tocarás. Mientras tanto el antiguo minero se dejaba consumir por unos celos que reventaban y paralizaban la paz familiar al dictado de gritos y reproches.
Un día a Cosme se le fue la mano y Pili recogió los bártulos emigrando al sur en busca de clima cálido lejos de aquella atmósfera tan negra como el carbón que anidaba en las entrañas de sus montes.

Fue entoces cuando comenzó la asombrosa transformación del joven minero. Del enojo pasó a la ira. Cuando le preguntaban por Pili respondía encogiéndose de hombros como aquel a quien consultan naderías de escaso interés. Pero la indiferencia dio paso a una profunda tristeza que se instaló de manera permanente en sus ojos y en su alma. Imperceptible a simple vista, como el grisú que se agazapa en cualquier capa y aparece cuando menos te lo esperas. Paseaba por los caminos acongojado por una nostalgia que le taladraba el alma. Y llegaba a la ermita de Boinas. Y se sentaba en el banco, cruzaba las manos y jugueteaba durante horas moviendo  en círculos ambos pulgares.
Fue un día durante ese extraño ritual dactilar cuando se acordó de que allí se guardaba la imagen de aquella Virgen que tantas veces había llevado en andas desde niño durante la fiesta de la Asunción. Observó la ventana a través de la que se entreveía la imagen y el suelo yermo que reposaba a sus pies. Se quedó pensando…
Al día siguiente comenzaron las pesquisas y llamadas telefónicas. A las dos semanas viajó a Valencia. Removió Roma con Santiago y la encontró. Y comenzó la reconquista no exenta de chascos y desplantes. Después de dos años en tierras del Cid ambos volvieron a pasar el primero de muchos veranos posteriores a Naredo.Con el tiempo la familia creció.
El primero de los veranos Cosme llegó un día de León cargado de tierra y flores. Son para la Virgen dijo. Y el terreno lindante a la cabecera de la ermita dejó de ser árido y yermo.
Cada verano Cosme se afanaba en reconstruir el pequeño vergel que los rigores del invierno habían demolido. Luego lo regaba con cuidado de la misma manera que su mujer estaba haciendo aquel día por primera vez desde que el lo plantara.

 Una lágrima azul se dejó caer por el arrugado rostro de la anciana. Era el primer año sin Cosme. El verano anterior su marido había muerto en la Iglesia mientras rezaba despacito  el Ave María 

.-¡Pili hija,! ¡Que ya hace frío y nos quedamos heladas! . A ver si te vas a poner mala y a pillar una pulmonía. ¡No quieras ser la primera de los setecientos esos en estrenar el Tanatorio de la Estación!