viernes, 6 de marzo de 2026

NO QUERRÁS SER MI NOVIA, ¿VERDAD?

 No querrás ser mi novia, ¿verdad?



Había pasado la  noche a la intemperie.  Permanecía  tirado en medio de la vía pública (esa fue la expresión que usó). Enfundado en  una manta raída,  con algún que otro agujero producido por quemaduras de  cigarro.  Era un hombre de unos 65 años.  Protegía  sus manos con unos guantes negros  marca Insulate y su cabeza se refugiaba en un gorro de lana pardo.  A su alrededor yacían inertes un paquete de tabaco vacío,  un plástico,  un vaso con restos de  líquido revenido  y algunos chorretes de bebida reseca.  Su  nombre es Juan Carlos.

 Nos  acercamos para ofrecerle un café con  un trozo de bizcocho.  Rehusó el azúcar.  “No es bueno para la diabetes”. Nos dijo.  Apenas ,  aterido por el frío,  era capaz de probar bocado.  Tuve que dárselo en pequeñas porciones a la boca. Le preguntamos por su historia.  Venía andando desde La Haya, a la donde había acudido para pedir justicia.  “Han secuestrado y violado a mi mujer”.  “El guarda de seguridad no me ha dejado pasar”.  “Me han dado ganas de darle dos hostias” “Bueno,  piense que a lo mejor le ha visto vestido de esta manera y ha pensado que era una persona peligrosa”  “No puede estar tirado en medio de la calle,  no puede estar tirado como si fuera un trasto viejo o un objeto inservible,  usted es un ser humano, una persona” “¿Quiere que le traiga una bolsa?” Subí a casa y primero saqué una bolsa de Ikea azul,  pero me pareció poco digno para meter la ropa de una persona. Mi madre siempre dice que no debes darle a un pobre lo que no te sirve.  Rebusqué  en el canapé y logré encontrar una bolsa negra de deporte.  Limpié con una toallita  unas manchas de humedad.  Bajé de nuevo.  El  hombre se resistía a levantarse con la indolencia del que poco le importa.  Es  que no tengo ganas.  Tengo  mucho sueño.  Reparé de nuevo en la caja de tabaco vacía y se me ocurrió proponerle una negociación.  Vamos  a hacer una cosa Juan Carlos.  Yo le compro un paquete de tabaco que no he  comprado en mi vida y usted se levanta y buscamos un sitio. Esto es un pacto ¿eh?¿me lo prometes?. Y nos dimos la mano. Calor  y Café  puede ser un buen lugar.  

~ Hace  mucho que no duermo en un techo cubierto.  

Regresé  a casa.  Llamé  a “Calor y  café”.  No  cogían el teléfono.  Llamé  a Félix Llorente.  Me  comentó que en el comedor social que regenta la Asociación Leonesa de Caridad que él dirige,  están desbordados.  Que  no recogen a personas. Que  ese servicio quizás lo puedan  hacer en “el Hogar  del transeúnte”.  Me habló  también de “Calor  y Café”.  Llamé  al hogar del transeúnte,  pero tampoco estaba abierto.  Llamé  la presidenta de Cáritas pero en ese momento tampoco me cogió el teléfono.  Regresé de nuevo y volví a mirar a los Juan Carlos  apenas se había cambiado de posición.

  ~ Me ha venido muy bien el café que me has traído

 ~ De  dónde eres Juan Carlos

  ~ Soy de Zamora.

   ~ y  cómo sabes que tu mujer está sufriendo ese problema

  ~ Pues porque hablo con su hermana en Madrid

.-  Aparecían  provincias y provincias solapadas unas con otras idas y venidas imágenes mezclados en su cabeza de recuerdos pasados. Salpicones de vida desvaídos y deshilachados. Agujereados por el tiempo como la parking raída que le protegía del frío.

 Fui  al Estanco Iñaki, al que habitualmente acudo a recoger paquetes,  y le compré una  cajetilla de Winston filtro largo, - Un eslogan que decía fumar produce infertilidad -  y un mechero rojo,  que es el color de la vida.  Regresé  de nuevo a su lado.  Juan Carlos abrió los ojos.  Apenas  dos minúsculas gotitas en medio de un océano de una de la barba semicana y muy espesa.

 ~  Aquí está tu paquete de cigarros.  Esto va contra mis principios ¿eh?  porque estoy fomentando un vicio no me gusta comprar el tabaco ni siquiera mis hijas.

 ~ Venga.  Le di la mano.  

Con algo de esfuerzo conseguí que se levantara.  

~ Oye, tú  no querrás ser mi novia. 

~ Honbre  Juan Carlos es que yo ya tengo uno.

 Entonces  al coger el mechero  se fijó en la marca.

~ Anda  es un clipper

~ Hombre,  para un hombre de categoría un mechero de categoría. Venga  vamos a recoger la ropa.

 El  fuerte olor que desprendían  las marchas de excremento que estaban adheridas a la manta me sobrecogió la pituitaria.

 Doblamos   cuidadosamente de la  manta para que de paso se esfumara ese olor nauseabundo.  Doblamos  también el pijama negro,  o el chándal.  No  sé muy bien lo que era.   Finalmente conseguimos que también entrara el cojín.  Mira,  a juego con el mechero.  Esto  no va a caber.  Pero  conseguimos meterlo todo en la bolsa negra, con dos asas largas en forma de morcilla leonesa .

Se  me olvidó decir que también había llamado a  la policía.  

~  Hola,  buenas. Hay  un hombre tirado en la vía pública.

~  Sé  que estuvieron esta mañana.  Pero  el hombre sigue allí.  Ya se  que se resiste a cualquier tipo de ayuda ,  pero no le vamos a dejar tirar ningún ser humano puede estar en medio de la acera.

~  Huy  no saben los casos que hay.

~  Ya,  bueno. Si quieres me lo llevo a mi casa pero claro y necesito saber si puedo.

~  No  podemos proporcionarle datos. Forman  parte de su privacidad,  pero no le aconsejamos que haga ese tipo de acciones.

~  De  acuerdo y qué hacemos ¿le dejamos tirado en medio de la calle?

~  Una  patrulla se pasarán un rato por allí.

 Cumplieron  su promesa.  Cuando  estábamos ya levantados en la calle llegó una patrulla de policía local.  Un  hombre y una mujer comenzaron a pedirle datos.  Su DNI lo recordaba aunque no lo tenía encima.  Decía  que se lo habían robado. Minutos  antes me había dicho que sí lo llevaba.

~ ¿ De dónde es usted?

~  De  Zamora

~ Y ¿no será  de los de puente Castro?.

Lo  dijeron tras haber encontrado su nombre,  Juan Carlos, pero  no recuerdo su apellido.  

~ Usted  vivía  con un hermano o con un padre.  ¿Por qué no vuelve con el? El  hombre sonrió con incertidumbre,

~ Bueno  Juan Carlos ya te dejo en buenas manos.  La  policía se preocupa de ti.

 Me  miró con ojos escépticos.  Hacía  un rato me había dicho que la policía le  había hechado de otro sitio.

 Me  despedí  recordando aquellas palabras.  “Tuve  hambre y me disteis de comer”.

Por la noche llamé a mi madre para quedar con ella para desayunar el domingo.  Le conté la historia de Juan Carlos.  A su lado estaba, en la cocina,  mi hermano.

.-  Mira,  Jorge. Ya  sabes.  Tu hermana,  siempre ayudando a los pobres,  ha conocido a uno que  le ha dicho que si quería ser su novia.


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