jueves, 30 de marzo de 2017

D PASCUAL Y LAS SOPAS DE AJO




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El pequeño hombrecito transitaba ranqueante por el pavimento sacro.

Una vez más le había tocado enseñar la seo. Siempre le pillaban a él.

Y de nuevo había aceptado pese a que el reuma le pedía a gritos desistir de tal cometido.

En aquella húmeda catedral hacía un frío de muerte. Y sus articulaciones pedían a gritos ser relevado de tal cometido cizerone. 

Pero siempre acababan acudiendo a él. Su manera de explicar las cosas tergiversando términos, alterando nombres y dejando soltar alegremente chascarrillos de todo tipo fascinaban a propios y extraños, y además él nunca decía no.

Nuevamente comenzó a sonar con insistencia su móvil justo a la altura del tríptico del calvario.
Siempre transcurrían al menos quince minutos antes de que acertara a encontrar el teléfono perdido entre los pliegues de la sotana. Toda una odisea: encontrarlo y acertar con el botón correcto para descolgar semejante aparato diabólico. A ver cuando le cosía de una vez los bolsillos su hermana Cándida.

¡Chisme demoníaco y perverso! Desde que se lo habían regalado ni siquiera podía tomarse tranquilo las sopas de ajo al atardecer. Hasta el obispo se sabía el número y por eso le habían liado para enseñar la catedral a ese grupo de peregrinos agregados de la embajada suiza. ¡Carai con el prelado!

Miró a uno de los suizos rubios que abría desmesuradamente los ojos mientras observaba la escena de Judas en la horca. A los extranjeros les fascinaba este cuadro sanguinolento en el que un Judas desparramado parecía recibir el castigo merecido. En ese momento siempre aprovechaba para contar su operación de apendicitis, no venía mucho a cuento, pero le gustaba contarlo.

El móvil seguía sonando agitándose histriónicamente amenazando con desestabilizarle. Mientras el grupo de turistas le miraba perplejo D. Pascual buscaba en vano el infernal aparato que era segura presa de una posesión diabólica a juzgar por las convulsiones que lo acometían extraviado entre los pliegues de su inacabable sotana....

Pensó en sus sopas de ajo esperándoles humeantes en la mesa. Eso sí que era la gloria bendita. 

¡¡Demonio de móvil!!